Cualquier episodio de Black Mirror empieza a quedarse corto.
Desde las advertencias de Jacob Coxon, exinvestigador de Anthropic y OpenAI, respecto a que la inteligencia artificial podría acabar con la humanidad hacia 2030 hasta los agentes de OpenAI que, durante un experimento de ciberseguridad, escaparon de su entorno controlado, se coordinaron y atacaron infraestructura de Hugging Face.
Desde el modo avión que activamos cada vez más en nuestra capacidad intelectual al delegarla a la inteligencia artificial hasta el anuncio de Muse como nueva apuesta de Meta.
Las tecnológicas comenzaron entendiendo nuestro árbol genealógico.
Nuestras relaciones personales y profesionales.
Ya con esa base de relevancia personal garantizada, nos acercaron a terceros para que estos nos mantuvieran entretenidos mientras estábamos en su plataforma.
A partir de entonces, además de robarse nuestros contactos, se quedaron con nuestro tiempo y con nuestra atención.
En algunos casos, como ocurrió con el algoritmo de TikTok, pasaron de permitir que eligiéramos lo que nos interesa a dictarnos lo que nos interesa en un scroll infinito que resulta adictivo.
Hoy, millones de personas están convencidas de que quieren ser como otros.
Como esos que aparentan éxito en sus feeds.
Como esos que cuentan con millones de seguidores.
Y, sobre todo, como los que sirven de modelos a seguir de las propias tecnológicas para que los usuarios convertidos en creadores hablen, editen y se comporten exactamente como quieren en Silicon Valley.
El paso que sigue es adueñarse de cada actividad de nuestras vidas.
Convertirse en intermediarios que influyen, sugieren y deciden por nosotros.
Que Mark Zuckerberg aparezca como uno de los principales protagonistas en el nuevo capítulo de la tecnodictadura no es de sorprenderse.
Ha sido uno de los multimillonarios tecnológicos que más se ha atrevido a contradecirse.
A cambiar su discurso una y otra vez según conviniera.
A comprar o a copiar lo que ya funciona sin pudor alguno.
Y ahora a presentar con una sonrisa en el rostro a Muse.
El agente personal de Meta diseñado para servir como intermediario en todas aquellas actividades propias de un asistente, de un consejero o hasta de una pareja de vida.
Muse no es sólo un chatbot.
No se limita a responder preguntas, generar imágenes o a redactar un correo.
Apunta a ser una especie de apoderado digital.
A actuar por nosotros cuando estamos en reposo.
A reservar un restaurante por nosotros.
Y hasta a comprar por nosotros.
Si Facebook e Instagram fueron claves para que Meta entendiera nuestros grafos sociales, WhatsApp, con Muse moviendo los hilos, será el caballo de Troya que penetre en lo más profundo de nuestra intimidad.
No parece casual que WhatsApp empiece a adoptar códigos propios de una red social.
Que en los últimos meses haya comenzado a permitir la reserva de un username como forma de identificación.
Muse actúa tanto a través del propio WhatsApp como por medio de una aplicación independiente.
Pero su verdadera apuesta no pasa por atraparnos en su ecosistema.
Pasa porque el usuario le conceda los permisos para hurgar en correos electrónicos, servicios de pagos y finanzas, aplicaciones de salud y actividad física y nuestros dispositivos inteligentes.
Básicamente, Muse es el nuevo genio de la lámpara.
El usuario indica el objetivo.
La inteligencia artificial desarrolla el plan y ejecuta las tareas.
Lo que no menciona es que los genios de la lámpara rara vez cumplen deseos sin grandes costos de por medio.
Un costo, por cierto, mucho más alto que los 20 o 100 dólares que los usuarios con mayor necesidad de uso terminarán pagando.
De Mark Zuckerberg ya nada sorprende.
Aún no termina de comprometerse a pagar hasta 18 mil millones de dólares para evitar ir a juicio por las acusaciones relacionadas con la afectación a la salud mental de niños y adolescentes, cuando ya pide un voto de confianza de la gente para Muse.
Lo barato puede salir muy caro.
Las letras chiquitas ya no lo son tanto.
Y, aun así, es posible que terminemos cayendo.
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