¿Hasta dónde una opinión pierde valor cuando es redactada por la inteligencia artificial?
¿Es válido entregar la forma a la inteligencia artificial cuando el fondo proviene del pensamiento de una persona?
¿Hasta dónde los argumentos son cien por ciento humanos y cuándo pierden esa legitimidad al ser influenciados por la inteligencia artificial?
Estas preguntas se encuentran en el centro de la conversación tras el escándalo de la columna de opinión de Stanley Druckenmiller, multimillonario inversionista de fondos de cobertura que reconoció haber utilizado inteligencia artificial para redactar su columna de opinión en el Wall Street Journal.
Tras la publicación de “Let the Bond Market Speak”, columna en la que Druckenmiller criticaba la política de recompra de bonos por un billón de dólares impulsada por el Secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, usuarios en redes sociales y economistas analizaron la redacción con herramientas de detección y notaron un estilo robótico típico de Claude.
Druckenmiller, de 73 años, reconoció el uso de la inteligencia artificial.
Señaló que para él equivalía a usar una calculadora para resolver un problema matemático.
Argumentó que al no ser un escritor profesional, la IA le ayudó a expresar sus ideas.
Aclaró, eso sí, que rechazó varias sugerencias del bot y que los argumentos de fondo son de su autoría.
El Wall Street Journal respaldó a Druckenmiller.
Paul Gigot, editor de las páginas de opinión del WSJ, aclaró que el artículo no violó ninguna de las políticas internas del medio.
Enfatizó que la inteligencia artificial es un “hecho de la vida” moderna que la gente utiliza legítimamente para labores de investigación, gramática y edición.
Y explicó que el estándar del periódico para colaboradores externos pasa por la inclusión de argumentos originales, la credibilidad de quien firma ese artículo y la postura genuina del autor.
¿Desde dónde surgieron las críticas?
Desde analistas, medios y organizaciones que aseguran que la gente merece saber si está leyendo a un humano o a un chatbot.
Advierten, además, que delegar la redacción completa de artículos de opinión a la inteligencia artificial desvaloriza el valor de las columnas editoriales.
Este último punto es, quizás, el más defendible de todos.
Históricamente, una columna impacta no sólo por lo que argumenta.
También por la forma en que lo hace.
En el mundo de las historias y opiniones, los argumentos y narrativas tienden a ser coincidentes.
Pero a partir de cómo se empaquetan es que adquieren la diferenciación suficiente para desmarcarse del resto.
Para que un mensaje, una historia o una opinión impacten, importa cada palabra y cada gesto que lo conforma.
La inteligencia artificial amenaza con extraer las ideas más elementales de los seres humanos para encargarse de la forma.
Y en esa ambigüedad, del fondo.
Hacia delante, no habrá reglas que puedan impedir el uso de inteligencia artificial en cada trabajo humano que se realiza.
Paul Gigot tiene razón cuando enfatiza que la IA es un hecho de la vida moderna.
Quedará en cada ser humano hasta dónde defiende sus ideas, hasta dónde las fortalece con la IA, y hasta dónde las entrega para que sean las máquinas las que hablen a su nombre.
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