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Las elecciones de los algoritmos reducidas al dilema del huevo y la gallina
En Brasil, el equipo de campaña de Lula da Silva acusa a Meta de operar a favor de la derecha al perjudicar el alcance de sus publicaciones con respecto a las de Flávio Bolsonaro.
Comparte datos para favorecer su postulado.
Según un informe de su campaña, las publicaciones de Bolsonaro tuvieron, en promedio, 2.96 veces más interacciones que las de Lula pese a tener 17.2% menos seguidores.
Diversas publicaciones señalan también que el equipo de Lula invirtió más en publicidad en Meta que el de Bolsonaro, y aun así los números favorecieron al candidato de la derecha en la primera vuelta electoral.
Desde Meta niegan cualquier tipo de favoritismo.
Reconocen un error técnico que afectó los anuncios de Lula.
Pero rechazan que se haya tratado de una manipulación deliberada a favor de un candidato.
¿Puede ser todo cierto al mismo tiempo?
Sí, hoy en día se puede tener más seguidores sin que ello represente superar en visualizaciones a un rival.
Sí, puedes invertir más en publicidad que un competidor y aun así tener resultados inferiores.
Sí, una falla técnica puede llevar a que el posteo de un candidato o el de cualquiera tenga menos visualizaciones que las que posiblemente hubiera conseguido.
¿Puede existir mala intención algorítmica?
Es una posibilidad.
Las plataformas tecnológicas son, a su modo, gobiernos que combinan el poder sin fronteras con modelos tan adictivos como los de un casino.
El usuario, sea el equipo de campaña de un candidato o una persona cualquiera, lanza un volado cada vez que publica un contenido.
A veces con algo de ciencia detrás a partir del entendimiento de data y tendencias.
Otras por intuición.
A veces lo que se supone que va a despegar termina fracasando.
Y aquello que no parece tener relevancia se convierte en un éxito descomunal.
Sobre Meta pesan buena parte de las teorías de conspiración en el contexto político y social.
A la fecha, se sigue insistiendo en que Facebook fue uno de los grandes responsables de la movilización de radicales de ultraderecha para invadir el Capitolio.
Para fortalecer esa hipótesis, se argumenta que los documentos filtrados en los Facebook Papers muestran una relajación de las medidas de emergencia para resguardar la integridad electoral después de las elecciones de 2020, lo que habría permitido que se propagaran con mayor facilidad las teorías de conspiración y los llamados a impedir que Joe Biden asumiera el poder.
Años antes, en el mismo Estados Unidos, también con Trump como beneficiario señalado, el escándalo de Cambridge Analytica reveló la recopilación mediante prácticas engañosas de datos de millones de usuarios de Facebook para crear perfiles y dirigir propaganda política.
Lo que no quedó demostrado fue qué tanto esa operación determinó el resultado electoral.
En Rumania, en 2024, el Tribunal Constitucional annuló las elecciones presidenciales tras la divulgación de informes de inteligencia que señalaban interferencia extranjera y manipulación de la campaña digital.
En TikTok se documentó una campaña coordinada para amplificar el discurso del candidato Călin Georgescu, con cuentas y contenido político que no se identificaba como tal.
El dilema del huevo y la gallina frente al fenómeno de las elecciones algorítmicas se produce por múltiples frentes.
¿Fue primero la supuesta decisión de beneficiar a Bolsonaro o una deficiencia en la estrategia de Lula que castigó el algoritmo como lo hubiera hecho con cualquier usuario?
¿Fue intencional por parte de Facebook flexibilizar sus filtros antes de la invasión al Capitolio o hubo advertencias y riesgos que no atendió a tiempo?
En ninguno de los casos existe una respuesta definitiva sobre la intención de favorecer a un candidato.
Como tampoco será sencillo responder a la exigencia de transparencia respecto a qué tanto se visibiliza el contenido de uno u otro candidato o funcionario.
Con tantas variables para determinar el nivel de éxito de una publicación, la máxima de la cancha pareja se prestará siempre a numerosas interpretaciones.
El dilema de origen se vuelve circular: el algoritmo moldea y modifica el comportamiento del político para sobrevivir en la red, pero el comportamiento del político es el que alimenta y entrena al propio algoritmo para que actúe como lo hace.
No sabemos qué fue primero, pero ambos se necesitan y se transforman mutuamente.
¿Tendría que simplificarse el alcance que se le da al contenido de un funcionario o candidato?
En ese caso, si se estableciera un alcance tope para cualquier contenido generado por ellos o por su equipo, parte del valor de una campaña perdería sentido.
No se daría ya esa diferenciación en el resultado que sí se da a partir de los recorridos por las calles, de la emotividad en los discursos y de las acciones que marcan a ganadores y perdedores en unas elecciones.
En esta y en todas las elecciones por venir, quedará siempre la duda de si el gobierno tecnológico ha operado a favor o en contra de un candidato.
O si simplemente hubo una estrategia fallida de un candidato.
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