El desenlace comienza a ser conocido.
Se establecen ciertos frenos, se ganan ciertas concesiones.
Se intenta instalar una sensación de victoria.
Pero es tan pírrica que, en el fondo, es más bien una derrota.
Ocurrió con el acuerdo de hasta 18 mil millones de dólares para resolver las demandas presentadas por los estados y evitar un gran juicio federal contra Meta.
Ocurre ahora con la caída del último gran obstáculo para que Warner Bros. Discovery y Paramount terminen fusionándose.
El primero fue un acuerdo sin reconocimiento de culpa que terminó convertido en lavado de cara.
A partir de los compromisos alcanzados, Meta ahora se erige como la pionera en presentar medidas que procuran el bienestar mental de los adolescentes.
El segundo, el de Warner y Paramount, se entiende más como un escenario que tenía que darse, aunque no sea ideal.
Se logró que David Ellison se comprometiera a lanzar al menos 30 películas al año en cines durante los próximos dos años.
Y que la cifra se elevara a 32 durante los tres años siguientes.
Se estableció que la nueva empresa deberá incrementar el gasto en producción en al menos mil 500 millones de dólares a lo largo de cinco años.
Y que, si se aprueba un crédito fiscal federal de al menos 20%, un mínimo de 20% de la producción total tendrá que realizarse en Estados Unidos durante los primeros dos años y la cifra se elevará a 30% en los tres años posteriores.
Se estableció también que se mantendrán los lotes físicos de Paramount y Warner Bros.
Pero hay dos puntos de dolor particulares para la industria.
El primero, la conformación de una junta editorial independiente para supervisar a CNN y CBS News con el objetivo de establecer principios periodísticos y preservar su autonomía editorial.
La junta estará integrada por cinco periodistas en activo o retirados con más de una década de experiencia.
¿En verdad tiene sentido que un mismo propietario tenga dos cadenas informativas?
En la práctica, más allá de esa junta, ¿se podrá lidiar con la subjetividad de los ángulos editoriales, las presiones políticas y la necesidad de monetizar divisiones cada vez menos lucrativas?
El segundo, aún más relevante por la dimensión del problema, pasa por el compromiso de destinar 47.5 millones de dólares a desarrollo profesional, capacitación laboral, programas educativos y organizaciones artísticas durante los próximos cinco años.
La cifra es ínfima frente a las estimaciones de eficiencias de hasta 6 mil millones de dólares.
Si bien esa cifra incluye todo tipo de ahorros, buena parte se derivaría de la eliminación de duplicidades.
¿Por qué entonces se acordó una cantidad tan baja para respaldar a la fuerza laboral de la industria?
La contracción de la industria es una realidad.
Sería absurdo, además, pretender que la fusión de Paramount y Warner Bros. no derivara en este tipo de medidas.
Pero la sensación es que el Estado le falló a la industria creativa.
El poder tecnológico volvió a imponerse.
Las evidencias se acumulan como pegatinas en cada sector de la industria de los contenidos.
Jeff Bezos con The Washington Post, con su documental sobre Melania y con su patrocinio dominante en la Met Gala.
YouTube consolidado como la nueva televisión.
Apple TV como el rey absoluto en los Emmy.
Y ahora David Ellison quedándose con un nuevo gigante de medios y entretenimiento.
En el futuro, serán cada vez menos los que sigan en pie.
Habrá fusiones, habrá rendiciones, habrá sumisión.
Y los tecnomillonarios moverán los hilos de todas ellas.
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