El reemplazo es voluntario.
La sociedad algorítmica se ha convencido de que lo que no registra grandes números carece de valor.
En la creación de contenido, el que no acumula seguidores o millones de views no es reconocido como exitoso.
En literatura, lo más luminoso de los últimos años es lo que emerge de BookTok.
Por sus ventas, pero sobre todo por el sello de garantía que representa para adaptar dichas obras a series y películas.
Y en el cine, de los pocos entretenimientos que aún demandan presencialidad, el box office y las reseñas en redes se han convertido en los jueces absolutos de lo que debe y no producirse.
Bajo esa óptica, Digger no debió ocurrir.
Ni los antecedentes de Alejandro González Iñárritu ni la trayectoria de Tom Cruise fueron suficientes para convencer a la gente de darle una oportunidad.
Se le hizo más caso, porque así ocurre en tiempos de algoritmos, a los dichos de creadores y periodistas y a la expectativa del box office que a la trayectoria de ambos.
Pesó más el desdén colectivo que la curiosidad humana.
A nivel financiero, Digger es un desastre.
El peor fin de semana de estreno para Tom Cruise en 19 años.
La primera vez que, a escala global, un proyecto cinematográfico de Alejandro González Iñárritu es visto como uno de los más grandes fracasos del año.
Una apertura de 8 millones de dólares en Estados Unidos y Canadá frente a un presupuesto reportado de entre 160 y 180 millones de dólares.
David Ellison, a punto de asumir el control de Warner Bros. como parte de la integración con Paramount Skydance, despidió como uno de sus primeros actos a Mike De Luca y Pam Abdy como directores de la división de cine.
Fueron ellos los que autorizaron ese que, a decir de muchos, fue un despilfarro en Digger.
Pero, al mismo tiempo, se habla de por qué Tom Cruise podría llevarse el Óscar a mejor actor.
Se habla de la extraordinaria fotografía de Emmanuel Lubezki.
Del trabajo de éste con Tom Cruise como protagonista y González Iñárritu como director en la escena de la asamblea.
Esa en la que Digger Rockwell da un discurso frente a un auditorio enardecido.
La escena es de un grado de genialidad que estará por siempre en la historia del cine.
De Tom Cruise por tener que memorizar un monólogo de alrededor de diez minutos y repetirlo múltiples veces.
De Iñárritu y Lubezki por haber utilizado el formato VistaVision.
Un sistema clásico de los años 50 con lentes angulares muy abiertos.
Fue eso lo que permitió una enorme profundidad en la imagen, tanto con Tom Cruise en el podio como con los 300 extras al fondo de la arena.
A nivel argumental, la película de Iñárritu toca fibras que exhiben la voracidad de los multimillonarios y la contradicción de la sociedad en que vivimos.
Digger Rockwell, como recientemente hizo Meta al acordar pagar hasta 18 mil millones de dólares para resolver demandas de 29 estados que acusaban a sus plataformas de perjudicar a menores, convierte las consecuencias de lo que él mismo provocó en un discurso heroico en que se erige como un salvador del mundo.
Habla de cómo todo lo que él hace es producto de las necesidades de las personas.
El petróleo para Digger y las conexiones para Mark Zuckerberg son supuestas misiones para construir una sociedad mejor.
A Digger la han calificado como una película de izquierda, como una película woke y como una película que jamás debió existir.
Lo grave no es que haya desaprobación mayoritaria hacia la calidad de Digger.
Lo grave es que sean los parámetros numéricos y el ruido en redes los que determinan si una obra vale o no la pena.
Los años de adoctrinamiento les han funcionado a las tecnológicas.
Durante años, nos sumergieron en la dinámica de la medición extrema.
De lo que vemos, de lo que creamos, de lo que consumimos, de las horas que dormimos y de las horas que nos ejercitamos.
Ya en estado de ansiedad permanente, rechazamos todo aquello que se salga de lo que ya conocemos.
Para la sociedad palomera en que nos hemos convertido, el éxito o es o no es a partir de indicadores numéricos.
A los logros artísticos, como la ya mencionada escena de la asamblea, se les descalifica por presuntuosos, por onerosos y por intelectualoides.
En algún punto, el mérito del arte a ojos de la sociedad se ha ido desvirtuando.
Antes, se reconocía que eran unos cuantos los que alcanzaban un nivel más allá de lo común.
Ahora, a esos pocos que aspiran a elevar el arte se les tacha de soberbios y engreídos.
Somos una sociedad de patatas fritas.
De pereza intelectual acelerada a partir de la inteligencia artificial como nuestro reemplazo.
Que la sociedad de los desafíos en redes para hacer exactamente lo mismo que el otro destroce al cine de autor no debería sorprendernos.
Los seres humanos hace rato ya que nos estamos cargando la creatividad humana.
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